Breve historia de La Ciudad
Cuando Constantino decide fundar en 324 Constantinopla sobre lo que era la antigua Bizancio, una colonia fundada por los colonos griegos de Megara unos diez siglos antes y que con el tiempo se había transformado en ciudad imperial romana, tal vez no imaginara que ponía la piedra basal de un edificio que tomó como tradición sentirse el centro del Universo y que muchas veces cuando estaba por caer se volvía a levantar con la fuerza de un coloso.
Tras dos primeros y problemáticos siglos dominados por elementos godos e isaurios en las altas esferas de la corte, con Anastasio y Justiniano el Imperio se acomoda definitivamente en un primer orden mundial, primero financieramente y luego políticamente.
Pasada la efímera reconstrucción romana de Justiniano, sus sucesores hacen lo imposible por mantener la gloria del imperio, pero la desgracia cae sobre él durante la usurpación de Focas, y en el transcurso de solo ocho años los persas se quedan con la mitad de sus territorios.
En esta dramática hora, Heraclio es el héroe que recupera todas las regiones perdidas y que pudo quedarse con toda la Persia misma, pero decidió perdonar y festejar su triunfo en Jerusalén y Constantinopla.
Luego el Islam derrotará al ejército imperial en Yarmuk en 636 y finalmente le arrebatará en los próximos años los mejores territorios de Asia y África, dejando al Imperio golpeado y herido.
El mundo islámico trata de tomar Constantinopla (y con ella la totalidad del Imperio), pero choca varias veces contra sus murallas, en 674, 675, 676, 677, 678, y muy especialmente en 717/718, cuando un impresionante ejército parece que va a derrotar definitivamente a los cristianos.
Ahora le tocaba el turno de mantener vivo al Imperio a León III, que defendió la ciudad con ahínco e inteligencia y resultó vencedor e, incluso en sus últimos años, pasó al ataque y venció a los árabes en Akroinón, en 641.
Siguieron luego los avatares del Imperio por caminos de gloria y recuperaron el dominio de amplias zonas europeas y asiáticas, llegando incluso a abrigar esperanzas de reconquistar Jerusalén, y sometiendo y convirtiendo al cristianismo a pueblos enteros como los búlgaros, servios y, por un tiempo, a los croatas. Su civilización inigualable llegó a influenciar a pueblos como los húngaros y los rusos, aunque prontamente la diplomacia del Papado le arrebató Hungría y Croacia para siempre... Bizancio demostraba que podía convertir en civilizados a todos los pueblos de este mundo.
Pero, una vez más, el destino del Imperio se debatió entre la vida y la muerte luego de la batalla de Mantzikert en 1071 en Armenia, sobreviniendo diez años de caos total, para ser salvados por otro gran personaje: Alejo Comneno, que junto a su hijo Juan y su nieto Manuel tendrán cien años más de clara influencia política en todo el mundo conocido, amplio prestigio y poder, los cuales, por supuesto, eran ostentados desde la gran ciudad imperial.
No obstante, la adversidad quería caer sobre Bizancio, que desde Mantzikert no dominaba amplias regiones del Asia Menor, las que estaban en manos de los turcos selyúcidas. En Miriokephalón Manuel Comneno sufre una terrible derrota en 1176 y cuando el viejo emperador muere en 1180 vuelve a tambalear el edificio de Constantino.
Fueron años de violencia, crisis, guerras civiles. Años en los cuales se perdieron las influencias sobre búlgaros y servios, que se independizaron, reduciendo de manera drástica al Imperio, que se quedaba con Tracia, Macedonia, Grecia y las costas del Asia Menor.
La traición de la cuarta cruzada de 1204, que penetró en la ciudad y la convirtió en una ciudad franco veneciana a sangre y fuego, fue el golpe de gracia dado a la ciudad y su Imperio, porque luego de penetrar en la ciudad y saquearla se repartieron los territorios como parte de un grandioso botín.
El Imperio se dividió en tres: Epiro, Trebizonda y Nicea, pero en realidad la continuación natural fue esta última metrópoli, con los Láscaris, desde donde se preparó para dar el salto y recuperar la Ciudad, cosa que consiguió Miguel VIII Paleólogo cincuenta y ocho años después, en 1261, y se consolidó luego gracias a la colaboración de los genoveses, que estaban siempre bien dispuestos a dar una paliza a los venecianos.
Aunque Constantinopla fue encontrada por el emperador y los suyos en un estado atroz, se vio que el Imperio todavía tenía con qué responder a las agresiones, todavía se podía volver a renovar, cosa que el mismo Miguel se encargó de demostrar, recuperando vastas posesiones para el Imperio, y, aunque murió en 1282 sin haber podido reconquistar parte del Peloponeso, Atenas, Creta, Trebizonda y varios puertos que quedaron en manos venecianas, Bizancio podía contar una vez más que había renacido de sus cenizas, y Constantinopla recuperaba algunos barrios que se reorganizaban, aunque muchas zonas seguían abandonadas y en estado de ruina.
Pero a partir de allí la desventura se abatió sobre Bizancio de manera inexorable, especialmente cuando surgió un nuevo pueblo destinado a transformarse en el flamante imperio señorial de Oriente: los turcos otomanos.
Poco a poco Bizancio perdió territorios que quedaban bajo el dominio otomano, incluso ya a mediados del siglo XIV en sus provincias europeas, y esto era lo alarmante, mientras que las guerras civiles consumían sus pocas fuerzas, y la poca ayuda recibida de occidente se vio neutralizada por la eficacia de la acción de los ejércitos turcos, que paralelamente sometieron a búlgaros, servios y albaneses, creando prácticamente un cerco sobre Tracia, aislando a la capital del resto del mundo.
Sin embargo, esos ejércitos turcos no podían penetrar la triple muralla, a pesar de sus reiterados intentos.
Por toda esta enorme historia de caídas y renacimientos, cuando la marea turca rodeó Constantinopla, cuando el vasallaje rendido a los turcos oprimió los corazones de sus habitantes, cuando todo parecía perdido nuevamente, a pesar de ello se pensaba en la capital bizantina que otro milagro ocurriría, que otra vez acudiría la salvación para determinar una nueva resurrección del Imperio.
Por supuesto, no era esta la opinión de muchos bizantinos que huyeron porque ya no encontraban donde establecerse con seguridad en su territorio y que ahora se encontraban dejando todo su bagaje de conocimientos en occidente.
¿Qué significó Constantinopla para el mundo?
Constantinopla fue llamada desde el principio Nueva Roma, por haber heredado la capitalidad de un Imperio en un momento de crisis de la ciudad de Roma, que se había vuelto ingobernable, llegando a ejercer su poder sobre todo el imperio.
También fue apodada Nueva Jerusalén, porque luego de la caída de esta población ante el Islam Constantinopla fue el nuevo baluarte del cristianismo en su máxima expresión, y su pueblo se creía el más profundamente cristiano del mundo.
Igualmente, era una localidad cosmopolita, donde se podían encontrar mercaderes persas, armenios, árabes, gente que traía mercancías de la lejana China, de la India, de Etiopía, de Rusia, de la Europa Occidental, etc. Era, por tanto, una urbe que se transformó en el punto de encuentro de culturas nuevas y milenarias, un verdadero paraíso para el alma inquieta que deseara bucear en el conocimiento humano.
Esta trilogía transformaba a Constantinopla en capital del mundo, tanto en materia administrativa, como en asuntos religiosos o económico financieros.
Por lo tanto, la visión que el mundo tenía de Constantinopla era la de una metrópoli de oro, una ciudad santa o una capital de las oportunidades, según quien pensara en ella.
Desde las costas de Al Ándalus o desde los fríos bosques de Irlanda hasta las inmensas estepas euroasiáticas, y desde las tierras frías de los vikingos hasta las arenas ardientes de Etiopía o de Arabia, no hubo quien fuera indiferente a la seducción que esta urbe ejercía sobre el mundo entero.
Los mercaderes querían acceder a sus puertos y mercados para poder participar de su inmenso intercambio y algún día llegar a ser ricos; los fieles cristianos la tenían por centro de peregrinación debido a la inmensa cantidad de reliquias que tenían sus iglesias y a la fama de éstas de ser majestuosas e imponentes, y muchos, aún los extranjeros (nadie era extranjero si hablaba griego, se convertía al cristianismo ortodoxo y reconocía al emperador como su gobernante máximo), querían ganarse un lugar en la administración o llegar a formar parte de la corte imperial para participar de su inmenso poder.
Es por estas razones que podemos decir que en el imaginario medieval Constantinopla fascinaba a todo el mundo conocido, era no solamente una enorme metrópoli sino que era la Ciudad.
Pero también fue ampliamente envidiada por muchos pueblos, y por eso mismo era el objeto del deseo de distintas civilizaciones que intentaron tomarla por la fuerza durante el transcurso de tantos siglos de vida, y en esas ocasiones Constantinopla tenía que estar muy bien preparada, con sus murallas en buen estado y con sus famosas divisiones de ejército que superaban todo lo conocido en materia bélica.
Por eso no era una urbe paradisíaca, ya que siempre había revueltas y el ejército controlaba cualquier disturbio y efectuaba permanentemente tareas de policía, necesarias también para reprimir las habituales revoluciones de su inquieto pueblo y mantener un cierto orden, que era fundamental para responder a las agresiones exteriores.
De todas formas, la envidia y la codicia fueron triunfando sobre la admiración con el correr de los siglos, especialmente luego del Cisma de 1054, transformando a la Ciudad en una joya hereje pretendida por muchos, especialmente por los latinos que durante las cruzadas pudieron comprobar lo maravillosa que era y lo cerca que habían estado como para derrotarla y saquearla.
Podemos concluir que asombro, admiración, esperanza, codicia, envidia, odio, eran los sentimientos que más comúnmente sentían los pueblos del mundo con respecto a la Ciudad, y que Constantinopla no es comparable a ninguna ciudad de su época.
Los enemigos que sitiaron Constantinopla a través de los siglos
Muchos fueron quienes intentaron tomar la ciudad por asalto y de esa manera destruir al Imperio, y casi todos ellos sufrieron estrepitosos fracasos, hasta 1204.
Estos son solo los más significativos, e incluyen ataques exteriores y sublevaciones o revoluciones locales, porque los propios bizantinos, a veces con ayuda mercenaria, también trataban de conquistar su propia capital, ya que sabían que quien tuviera la capital tenía el Imperio.
En 626, persas y ávaros (éstos junto a miles de eslavos) juntan sus fuerzas y atacan la ciudad desde Asia y Europa, por tierra y por mar, y, permaneciendo Heraclio muy lejos en campaña contra Persia, se hace cargo de la dramática situación el patriarca Sergio y defiende Constantinopla exitosamente con la colaboración de toda la población.
En 674 los árabes triunfadores en su propósito de conquistar el Imperio completo aparecen frente a las murallas e inician un violento ataque que dura años, siendo el gran defensor de la ciudad Constantino IV, quien solamente en 678, gracias a la acción de la marina bizantina, puede alejar a sus efusivos rivales.
En 705 el khan búlgaro Tervel con sus huestes acompaña a Justiniano II, antiguo emperador depuesto, y sitia la ciudad. Luego de tres días son objeto de las burlas de los guerreros defensores porque no tienen experiencia en asaltar grandes muros y su torpeza es aún mayor frente a la temible triple muralla. Pero el ex emperador logra penetrar con sus lugartenientes por unas tuberías del acueducto y una vez dentro se las arregla para retomar el gobierno. Un traspié que terminó con el gobierno de Tiberio II, pero que en realidad fue un sitio de características locales.
En 717 León III usurpa el poder y defiende La Ciudad frente a un enorme ejército árabe que un año más tarde se retirará vencido irremediablemente por la excelente organización y bravura de las tropas terrestres y marítimas bizantinas. El khan búlgaro Tervel pactó con el emperador para hostigar a los árabes.
En 742 Artavasdo pide a Teófanes Monutes, regente en nombre de Constantino V, que le abra las puertas de la ciudad, a lo que Monutes accede entregando la capital al usurpador. Otra toma de la ciudad de características y consecuencias exclusivamente locales, y que dio a Artavasdo la ilusión de ser emperador por dieciséis meses.
En 813, el búlgaro Krum, vencedor en 811 del emperador Nicéforo I, del cual había hecho una copa de oro con su cráneo, apareció ante las murallas defendidas por León, El Armenio; fue fracaso del khan búlgaro, que no pudo siquiera pensar en entrar a la urbe, pero hubo una enorme devastación de las tierras cercanas, a la manera que luego acostumbrarían hacer los turcos.
En 821 Tomás, El Eslavo, que había iniciado una verdadera revolución interna, sitió con sus tropas Constantinopla, y la mantuvo cercada por un año, hasta que se rindió ante la evidente superioridad de las murallas y sus protectores, bajo el mando del emperador Miguel II. El búlgaro Omurtag ayudó con sus tropas al emperador.
En 860 se presentan los primeros rusos ante la ciudad y pretenden entrar en la misma, pero ante su fracaso se entretienen con incendiar sus alrededores extramuros, en época de Miguel III.
En 907 Oleg, el primer príncipe ruso que une a toda la región con todos los príncipes y señores rusos bajo su mando, llega desde Kiev con sus naves y guerreros y provoca otro sitio de la ciudad, defendida por León VI, pero se contenta con obligar a Bizancio a firmar un respetable pacto comercial y se retira.
En 913 Simeón, el gran zar del reino macedónico de Bulgaria, apareció frente a los muros con la pretensión de ser nombrado Basileus de los romanos, pero no pudo con sus murallas y se conformó con su coronación como Basileus de los búlgaros.
En 924 vuelve Simeón a intentar tomar Constantinopla, pero Romano Lecapeno hace una excelente defensa y el zar búlgaro, luego de un encuentro con el emperador, parece que abandona definitivamente sus aspiraciones a la corona imperial de los romanos.
En 963 Nicéforo Focas toma la ciudad y en una verdadera batalla en las calles vence a José Bringas, con la complicidad de la emperatriz Teófano, con la cual se casa y obtiene la legitimidad para ser coronado emperador.
En 1047 el general armenio bizantino León Tornikes se subleva contra Constantino IX Monómaco y estuvo a punto de tomar la capital, pero no llegó a hacerlo, tal vez por mala suerte, o por haber tenido cierta vacilación, porque muchos ciudadanos parecían apoyarlo.
En 1081 Alejo Comneno apareció ante las murallas que sostenían a Nicéforo III Botaniates, y pudo entrar gracias a un acuerdo con el jefe de los germanos que guardaban la misma, y en las calles de la ciudad se produjo la lucha con las tropas del emperador, de la cual salió victorioso y fue coronado como Alejo I. Sin embargo, sus tropas, extranjeras en su mayoría, se dedicaron a saquear y destruir la ciudad durante tres días sin descanso, con lo cual ésta quedó en un estado bastante ruinoso, lo que hizo que Alejo sintiera verdaderos remordimientos por la destrucción de una ciudad tan preciada para él e intentara su reconstrucción inmediatamente.
En 1090 los pechenegos, pueblo turco que llegaba desde el Danubio, se aliaron con los herejes bogomilitas que vivían en el Imperio y llegaron hasta Constantinopla. Más aún, el emir de Esmirna envió una vigorosa flota que envolvió a la ciudad por el mar, haciendo que el hambre y la miseria se apoderaran de ésta. Solamente el auxilio pedido por el emperador Alejo I a los cumanos, fervoroso pueblo de origen turco, salvó a la ciudad del desastre, en cuya batalla se masacró al pueblo pechenego casi en su totalidad.
Luego vendrá la época de las primeras cruzadas entre 1098 y 1204, durante las cuales repetidamente los cruzados de cada época pensaron en sitiar y tomar la ciudad hereje por asalto, pero siempre se impuso en último momento en los reyes, nobles o generales que las dirigían la obligación de combatir a los musulmanes, no sin haber por eso fricciones, batallas, muertes y deseos reales de combatir a los bizantinos.
Como se podrá apreciar, es muy amplia la lista, y muy variada (y no es la lista definitiva). Pero la constante histórica, hasta aquí, es la impotencia del sitiador, la victoria final siempre para los defensores, exceptuando algunos casos especiales de rencillas locales que fueron resueltas a favor de los sitiadores, como el caso de la toma de la ciudad por parte de Alejo I Comneno.
Conclusión final: Constantinopla era una ciudad absolutamente invulnerable para cualquier ejército extranjero que viniera con el propósito de tomarla a la fuerza, no así para los ejércitos rebeldes locales que bien podían aprovechar las simpatías que pudieran generar en el pueblo o en los defensores de la ciudad, que a veces ayudaba a sus hermanos rebelados contra el poder reinante en el imperio.
La catástrofe de 1204 y sus consecuencias
Y así llegamos a 1204, año en el cual Constantinopla es tomada por las tropas de los cruzados latinos, en su mayoría francos y venecianos, y destruyeron, entre otras muchas cosas, la imagen de invulnerable e impenetrable que tenía la gran metrópoli.
Si tenemos que analizar esta situación y compararla con los sitios anteriores, podemos aceptar que fue una especie de mezcla de las dos situaciones: había un ejército extranjero hostil, pero que en un principio fue utilizado por el hijo del emperador Isaac Ángel, Alejo IV, que había prometido grandes sumas de dinero a los cruzados para obtener el mando del Imperio.
Como, por un lado, el dinero nunca fue dado a los cruzados, porque seguramente no existía tal suma en toda la corte bizantina, y, por otro, tuvo lugar el asesinato de los emperadores por medio de las masas enfurecidas, que proclamaron finalmente a Alejo Murzuflo como nuevo emperador, los cruzados sintieron que habían sido estafados y acometieron con un sitio vigoroso a la ciudad, que en principio fue rechazado aunque no sin dificultad.
Pero había habido fatalmente tantos cambios en el poder que había bajado mucho la moral de los defensores, y Alejo V Murzuflo no era una persona que pudiera darles confianza porque, aunque tenía dotes personales como una gran energía y empeño para lograr administrar la terrible crisis, no era muy querido, y el poco tiempo que estuvo no pudo tener un gobierno estable, ya que daba cargos y ante la menor sospecha de traición, los revocaba, provocando solamente más confusión en sus colaboradores y en el pueblo, que ya no sabía a quien responder.
Aparentemente los venecianos tenían muchos contactos dentro de la ciudad, lo que facilitó el trabajo de los sitiadores, que entraron unos días después por una abertura producida en las murallas de la costa del Cuerno de Oro en el mismo instante en que un incendio, presumiblemente provocado desde dentro, tomaba a los defensores por sorpresa, entrando fatalmente los contingentes de cruzados en la capital.
La toma de la ciudad ya era un hecho, solo había que dejar pasar las horas y la ciudad sería latina por primera vez en la historia.
Hasta aquí la explicación de una derrota, que lo fue esencialmente porque los bizantinos se hallaban divididos y porque una de las facciones se quiso servir de los cruzados para obtener la victoria, error que costó a Bizancio el golpe más duro de su historia, ya que fue lo que vino después lo que derrumbó a la más hermosa ciudad del mundo, a la ciudad de oro que no tenía igual en el planeta.
Saqueos constantes, anarquía, incendios, asesinatos, caos, robos, y finalmente el reparto de la metrópoli y del Imperio en manos francas y venecianas terminaron con la gloria de la gran urbe y con los tesoros artísticos y arquitectónicos que había en ella. Redujeron barrios enteros a la ruina y al abandono absoluto, porque muchos habitantes (los que pudieron escapar de la masacre, como Nicetas Coniates) sencillamente huyeron al interior del país, especialmente a la ciudad de Nicea, y los que pudieron se fueron a Italia, Hungría, Rusia, Francia o Alemania.
La gran ciudad quedó reducida a un grupo de barrios en estado catastrófico y casi deshabitados con algunos palacios o iglesias que fueron confiscados por los cruzados para establecerse en ellos, y la capital ya no se recuperaría jamás de esa desolación, porque todo el oro, la plata, las piedras preciosas, el tesoro del Estado, las reliquias religiosas, los altares de las iglesias, las obras de arte, todo fue robado y llevado a países occidentales o vendido al mejor postor.
Este es el punto de importancia de los hechos acaecidos en 1204: la completa destrucción de la antigua Constantinopla, que durante cincuenta y siete años observa silenciosamente cómo lo que había construido durante casi nueve siglos le era arrebatado sin piedad alguna, y esto marcó un antes y un después en la historia de la ciudad: antes, arrogante, orgullosa, altiva e invulnerable, la ciudad imperial era la dueña del mundo; después, vencida, sometida, destruida y vulnerable, era una ciudad fantasma, con rencores insalvables y dominada por los occidentales de forma irremediable, aún después de la recuperación por parte de Miguel VIII Paleólogo.
La reconquista de 1261
«Constantinopla, Acrópolis del Universo, capital del Imperio Romano, que había estado, por la voluntad de Dios, bajo el poder de los latinos, se encontró de nuevo bajo el poder de los romanos, y esto les fue concedido por nuestra mediación».
Miguel VIII Paleólogo
En 1261 Miguel VIII Paleólogo inicia el sitio de la ciudad que los bizantinos de Nicea querían reconquistar, pero después de prolongadas escaramuzas también sus murallas le son imposibles de traspasar, y termina haciendo un pacto con el emperador latino Balduino II, en espera de otra oportunidad.
Tiempo después sabía que tenía mejores posibilidades, porque había conseguido la ayuda de los genoveses, que, movidos por los mismos intereses que los venecianos venían defendiendo hacía siglos en Bizancio, decidieron que era una buena oportunidad para extender sus negocios y aplicar un buen golpe a sus rivales venecianos y pisanos y a cambio de los consabidos privilegios comerciales ofrecieron su marina para sitiar a la capital por mar, algo fundamental para quien quisiese tomarla.
Sin embargo, la fortuna quiso que algunos soldados de las tropas bizantinas que estaban desolando Tracia preparando el camino para un futuro asedio, comandadas por Alejo Strategopulos, se enteren mediante sus informantes de que los defensores no estaban en las murallas esa noche porque los venecianos se los habían llevado a atacar posiciones griegas en una isla del Bósforo. Aprovechan la ocasión para investigar, encontrando una puerta accesible y, forzando por ella la entrada a la ciudad, provocan finalmente, ante la ausencia de tropas latinas, la huida del emperador latino y su corte.
Unos meses después, el emperador Miguel VIII, que se hallaba en Asia al momento de la toma de la ciudad, hace una entrada triunfal en Constantinopla, y poco después es coronado en Santa Sofía, con cuyo acto se volvía a la ya centenaria tradición bizantina de la coronación del emperador por el patriarca en la iglesia más bella de la cristiandad, y, en definitiva, se restauraba en el Imperio su capital tradicional.
Por lo tanto, luego de 1261, Constantinopla vuelve a ser bizantina, pero su vulnerabilidad había sido evidenciada, y por lo tanto otra época comenzaba para Bizancio, llena de inseguridades y sin poder lograr ya nunca más el prestigio ni el poder de antaño.
Los intentos turcos antes de 1453
¿No estamos perdidos? ¿No estamos entre los muros como en una especie de red tendida por los bárbaros? ¿No es feliz el que ha abandonado la ciudad ante el peligro? Todos se apresuran a marchar a Italia, a España y aún más lejos, hacia el mar situado allende las Columnas (Inglaterra), para escapar a la esclavitud.
Demetrio Cidonio
Lo que nos hace pensar que la caída del Imperio fue acelerada e incluso provocada por el golpe fatal de 1204 es el hecho de que, a pesar de todos los problemas que atravesaba el Imperio, los turcos recién pudieron establecerse firmemente en suelo europeo en el año 1354, cuando se apoderan de Gallípoli, y esto gracias a un temblor del suelo que obligó a los bizantinos a abandonar la zona. Si sumamos a esto el hecho de que el imperio mongol de Tamerlán en 1402 derrotaba catastróficamente a los turcos de Bayaceto, podemos darnos cuenta de lo importante que fue para la supervivencia de los otomanos encontrarse con un imperio tan resquebrajado y fundamentalmente pobre, no olvidemos que todos los tesoros de la capital fueron sustraídos por los latinos, ya no cabía la posibilidad que siempre hubo en Bizancio de poder fundir el oro de las iglesias y de los monumentos para obtener fondos, y todo el dinero que había en la capital, ya sea público o privado, se lo habían llevado los latinos, con lo cual el elemento más importante en la política del Imperio se había esfumado.
Fue en 1359 cuando los otomanos se atrevieron a enfrentar las murallas de la ciudad por primera vez, pero fracasaron absolutamente a pesar de la debilidad manifiesta de los bizantinos, que habían abandonado Tracia a su suerte una vez que los invasores se acercaban a la capital.
Los turcos podían hacer caer una a una las ciudades bizantinas ahora que estaban asentados en Europa, pero la capital seguía siendo intocable.
En 1394 el sultán Bayaceto decreta el bloqueo total de Constantinopla, donde reinaba Manuel II, y la ciudad desfallece entre el hambre y la pobreza, pero no intentó un asalto a la misma, quizás porque no esperaba poder tomarla todavía, contentándose con preparar el camino a un asalto que al final no se produjo porque el sultán fue derrotado y capturado en la batalla de Ankara en 1402 frente a los mongoles de Tamerlán.
En 1411 Musa pone sitio a Constantinopla en venganza ante la ayuda bizantina a su hermano Solimán en medio de una guerra civil de los otomanos, y otra vez se produce el fracaso de los sitiadores.
En 1422 Murad II en una dura réplica al apoyo que los bizantinos dieron a Mustafá, que pretendía ser el heredero del sultanato otomano, rodeó la capital y con todas sus fuerzas intentó un asalto fulminante y con un monumental empuje, que costó mucho neutralizar y cuya violencia era enormemente atemorizadora. Pero, luego de tres meses de intensa actividad, tuvo que retirar la maquinaria de guerra turca, que con todas las posibilidades a su favor no pudo penetrar en la gran ciudad en un apreciable espacio de tiempo y debió trasladarse para luchar con un nuevo pretendiente al trono, mientras Constantinopla seguía siendo orgullosamente bizantina, aunque en realidad ahora era una isla en medio de la marea turca que había conseguido ya conquistar una gran parte de los Balcanes.
En 1453, por lo tanto, como si fuera una costumbre milenaria, se renovaba la historia de los sitios a Constantinopla.
martes, 12 de diciembre de 2006
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